jueves, 31 de diciembre de 2015

24. Mi espada sumeria



            Ese jueves de febrero ella llegó sin avisarme; me encuentra descansando mientras bebía la tercera botella de ron, mi bebida favorita. Estaba algo mareado, esos momentos que tú puedes explayarte de cualquier asunto, incluso íntimo y mas tarde no lo recordarás.
            —¿De nuevo bebiendo Xaxxxx mío? —mientras depositaba en la cama una hermosa caja, muy bien forrada.
            —¿Que es eso Mystysiva?
            —Revísala, es mi regalo.
            Al abrir la hermosa caja roja de grafito de unos 150 centímetros de largo, forrada con aquel esmalte poroso tipo tela veo una impresionante espada, es una réplica de alguna antigua arma.
            —¿Y estosss de dóndesss lo sacasteis amorsss miosss?
            —Es una réplicasss de una espadasss amorsss míosss.
            —Si lo he notado, pero ¿es muy cara?
            —No te procupesss, me salió a bajo preciosss, ademásss tengo mi dinerosss propiosss.
            —Pero ¿por qué me das este regalo? —antes debiera haber dado las gracias, pero era torpe para conversar.
            —Tú sabes que me gustan las naves aéreas —¡Qué torpe soy para conversar!
            —Es antigua, la has visto antes.
            —Si parece una espada de hace 3.500 años, esa cultura es ¿hitita?
            —¡NO! Es sumeria amor ¿que no te gustaba la historia? Mira los caracteres que lleva en su hoja.
            Me extrañó que supiera tanto de esas diferencias de culturas antiguas.
            —Eso no es sumerio amor, esa aquella cultura parecido'0eiquela pero anterior, fue desaparecida de la historia, pero en esas épocas puedes encontrar restos de esos tiempos ya que . .
            Aquí algo comenzó a impacientarme y vi a mi amor sentada en la cama cruzadas las hermosas piernas mientras se cambiaba sus medias se detuvo y me miraba, sus ojos brillaban.
            —Vaya amorsss, te acuerdas de esas épocas ¿verdad?
            Y ahí me di cuenta de algo ¿qué mierdas estoy  hablando? Es como si de repente algo dentro de mí empezara a balbucear, pero no era simples balbuceos, eran frases rápidas y correctamente pronunciadas en mi idioma español ¿fue en este idioma o en otro? ¡Pero si solo sé hablar este! Pero parecía que era en otra lengua.
            —¿Ves Xxxxxx? Ahora estás comenzando a recordar.
            —Ha, ha, haaaaa, sipsss, algo me pasa Mystysisvitasss —mientras algo mareado sostenía la hermosa espada metálica.
            Ella se me acercó y me sentó en la cama, alcanzo a recordar que empezó a balbucear algunas extrañas frases, eso era algo habitual en ella, claro que como un simple jugueteo, incluso erótico, pero ahora me pareció algo extraño.
            Creo que me dormí, talvez el exceso de ron. Mientras ella tomaba mi cabeza y me daba sus rum, rum, rum, mientras mordía suavemente mis orejas, como queriendo activar alguna parte de mi mapa de sensaciones heredadas de mis desconocidos ancestros.

            —¡Maten malditos, maten a todos, asesínenlos!
            —¡Solo son cuerpos sin vida! ¡Yo, yo el victorioso termino tu vida!
            Miré y he aquí que el campo estaba repleto de muertos, asesinados y heridos. Nuestra gente comenzaba a masacrar a los heridos. Pero un oficial jefe se acerca a los nuestros y nos ordena algo inusual:
            —Id y cavar fosas grandes, para enterrar en ellas a los nuestros y a ellos.
            —Pero a los nuestros solamente eminencia —era un comandante que le pareció abyecta la orden de cavar para enterrar al enemigo odiado.
            —¡No! Serán ellos y los nuestros, todos juntos en la misma muerte.
            El clamor de la desobediencia comenzó inmediatamente.
            —No debemos  mezclar a los nuestros con ellos, es blasfemia gran señor —interpelaba y explicaba el soldado comandante representando la objeción de conciencia de sus soldados.
            —Ahora no será blasfemia, porque ellos y nosotros tenemos el mismo destino “sagrado”.
            Esa última palabra les pareció algo aberrante al equiparar al enemigo como si fueran igual que nuestra noble gente. La voz  se corría rápidamente por este campo con aroma a muerte, y mas aun ante el sacrilegio de enterrar a los malditos con nuestros nobles ciudadanos.
            —¡Pero si somos diferentes! Su dios no es el nuestro.
            —¡Obedeceréis! Se los suplico por nuestro rey y nuestro dios.
            —No habrá obediencia a usted magnánimo príncipe, ha pasado el límite de la corrección.
            —No hay alternativa, la orden me fue dada del mismo rey y de nuestro santo sacerdote.